Hace unos años cuando nació mi primer hijo, Diego Nicolás, y siendo aún muy joven me encontré con algunos conceptos que aunque eran viejos en mi vocabulario, aún no los había aplicado … modernidad, liberación femenina y ser mamá…
Nunca me percaté de que para llevar a la realidad estos términos había un trecho extenso y peligroso que recorrer. Escuchando entre amigas, aprendiendo de allegadas y absorbiendo del medio, me di cuenta de que para ser la “mujer perfecta” no sólo debía tener una carrera exitosa, sino también ser “Madre Pulpo”, aquella que todo lo sabe y que todo lo puede.
Me sumergí por un tiempo en esta carrera interminable de conseguir esa perfección y en alguna parte del camino entendí que me arrastraba hacia un limbo…No existía tal perfección, no existía esa heroína, no podía manejar esas dos grandes empresas de hogar y carrera sin equivocarme, sin cometer errores, sin ser ordinaria e igual a todos.
La vida empezó a obligarme a poner prioridades. Cuando tenía que elegir entre llevar a mi hijo al pediatra o cerrar un buen negocio, cuando tenía que elegir entre dejar a mi hijo con fiebre en casa o ir a mi trabajo de todos los días en radio y tv o cuando mi hijo con cara de ángel me decía: “Mami, quédate conmigo” o “?Por qué trabajas tanto?”…Sólo entonces conocí un mundo maravilloso en donde empecé a establecer prioridades en mi vida, en donde entendí que ninguna mujer es “perfecta” sino extraordinariamente imperfecta.
Valoré a mi pareja por ser mi soporte, mi suplente y mi fuente de energía. Cuando acepté que como cualquier ser humano sentía que estaba saturada de trabajar o con una gran incertidumbre por no saber cómo actuar frente a la educación de mi hijo, cuando dejé de ser la “Madre Pulpo” que “todo lo puede” y entendí que muchas veces somos víctimas de nuestros propios inventos…entonces empecé a disfrutar día a día de mi imperfección.
A partir de ese momento… Todos los días con mi hijo comparto actividades y nos reimos juntos cuando “meto la pata” o hacemos algo que nos sale mal. Mi hijo ha ido aprendiendo que “Súper Mamá” y “Mamá Pulpo” no existen. Existe una mamá que incluso a veces está muy cansada y quiere descansar. Mi hijo ha aprendido que el amor no necesariamente significa ausencia de conflictos, sino, que para entendernos tenemos que discutir en muchas ocasiones. Le sigo enseñando que no podemos evitar el dolor ni la tristeza, pero que podemos superarla.
Nada es más liberador que cambiar la perfección por la tranquilidad, ser libre de acertar o equivocarme, porque me da el chance de reconocerlo y rectificarme, incluso frente a mi hijo.























